La mentira

La mentira tiene forma humana, cara, ojos saltones, francos, o lo parecen, y sonrisa larga e inocente. Me visita en sueños, y la veo en los amantes, en los enemigos, amigos y otros muchos.

No se viste de animal, no está en las flores, está en tus manos; en mis manos.

Es inevitable. El animal no tiene palabra: mata, protege, ama, sufre, no engaña, porque no sabe. La flor nace, se marchita, sonríe, decae, no sabe más.

Y yo, que lo sé, que hablo y hablo la mentira, a veces porque no pienso, otras porque ignoro; yo sé lo que hace.

Mueve masas, hace guerras; a veces convence más que la verdad, porque se viste de ángel hermoso con ramos de esperanza, augura paz y otros tiempos. Con tales promesas, ¿quién querría ver la oscuridad que oculta?

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Soñar un corazón

Tuve un sueño y no era hermoso.

Yo era hombre de bien en un mundo de males. Miré hacia abajo y vi la manga de un traje, una mano pálida sujetar una maleta. Y de pronto caí en que era mi mano, que la maleta era importante, más que una vida, más que miles, más que las ideas y una nación.

Yo enseñaba a otros muy críos. Les decía qué hacer y dónde. Me miraban sin saber ser ni por qué. Y les daba una causa y un pañuelo, la mejor sonrisa, una bomba en su pecho, un corazón, les decía.

Ilusos se llamaban, porque así los eduqué. Y dejaban explotar aquél, su corazón, en cualquier lado. Salían en las noticias y la gente los odiaba. Sí, lo veía mientras comía con mi maleta, solo, a oscuras.

Solo de noche la abría. Estaba repleta de dinero, trozos de piel y rojo. Y por alguna razón, yo era feliz.

Tuve un sueño, que parecía demasiado largo para soñarse.

Brujas

Ha prendido y ha matado. La tierra está negra.

Aquí hubo una casa, y seguro que antes hubo otra, quizá otro fuego, quizá otros gritos. Porque yo sé que otros habrán muerto, pero hoy falta ella.

Ella, que con su tacto me encendía y con los ojos me abrazaba. Sus besos  como fuego. Como su pelo y sus mejillas. Como el sol. Como todo lo que no está.

Veo la ceniza y un crimen, su rostro de cera. Un cuerpo que trata de correr.

El público chillando como en una comedia. Porque las brujas son malas y las brujas mueren; y a nadie le importará mañana.

Pero sí, mañana habrá alguien pisando estas cenizas, llorando por otra. El fuego, los hombres, las brujas, los gritos; jamás dejarán de existir. Si uno para las llamas otro las encenderá. Si  uno me olvide otro me vivirá, se parará y aullará: Por qué.

 

 

Cómo no acabar

Olvidaste reír en la lluvia: tomar un recuerdo hermoso y hacerlo tuyo, de noche y de día, como un paraguas.

Pero lo malo no lo has olvidado. Por las noches cuando el cónyuge te da la espalda, cierras los párpados y no duermes.

Y ya olvidaste ese amor del primer día, queriendo envejecer con él, porque ya has envejecido. Tus ojos están dejados y el pelo se tiñe de gris, el cuerpo te quema, no le ríes, no amas sus palabras, no vives de sus ojos, no miras estrellas tomándole de las manos. Esas manos que ya acariciaste demasiado, sobre tu sofá, en una vida que no quieres.

Porque le detestas, a él y a las flores que no te trae, que te dan alergia, y a las que sí te trae, que son de plástico.

Sigues por unos niños que te cansan, el traje que te queda estrecho; por no cambiar nada.

Olvidaste lo que es un sueño y vivir con firmeza, el valor y las armas que guardabas, la verdad que era tan tuya. Porque aprendiste a ser falsa, el hablar por hablar, el abrazar a aquel pariente que no conoces y no quieres conocer.

Y olvidando te has perdido, ya no eres tú, ya no eres nadie; dime que no eres yo.

 

La voz

El viento ya empieza a soplar. Una voz conocida chilla ahí fuera. Es grave y tosca, pura palabrería; pero asusta.

Mi vida de papel ya comienza a volarse: las paredes, la mesa, mis libros, la tinta…

De nada sirve la inteligencia ahora. De nada vale alzarse cuando el aire está en marcha. Y la voz quizá se acerque. Y sus manos quizá me marquen.

Mi madre está llorando. La casa de papel se arruga por las lágrimas. La voz está próxima. Si corro, valiente, contra el viento, me encontraré con ella, que se arrastra. Y la voz y yo chocaremos. Otra vez.

No puedo respirar. El pánico me mata. El papel ha volado. Me siento caer. Me siento morir.

Mi madre no se mueve. La voz ya no habla. Quiere culparme del viento y el dolor. La voz no quiere tener culpa de nada.

Tomo el inhalador. Respiro echada contra la puerta. No quiero que entre.

Esa voz, a veces, es y no es, un hombre. Ese hombre, a veces, es y no es, un padre.

Ilusión

Le quería; tanto que llegué a enamorarme sin saber qué significaba. Me enamoré de sus palabras, de su naturalidad al pronunciarlas, de cómo me subió una nube, haciéndome creer que era el cielo; olvidé el resto del mundo.

Me enamoré de él, de sus gustos y sus defectos y sus gestos y movimientos. Vivía de sus recuerdos, de su imagen, de sus ojos. Y de sus labios.

Me enamoré de él, pero no fue hasta más tarde que le vi. Y entonces encontré a la persona a la que tanto quería; en mi mente, no ante los ojos.

La espera

Es aquel tiempo que noto real, pesado, que un minuto es mucho, que en un segundo suceden muchas cosas. ¿Y a mí? A mí, no me sucede nada. Espero.

Donde yo no soy, y no hay más que un corazón repleto de intriga, angustia, ilusión, desilusión.

A veces recuerdo, o invento qué sucederá cuando acabe. Entonces caigo en ella, me atrapa, me remuerde, me consume… Espero.

Lo que antes no importaba, me acelera los latidos. El móvil no suena. Mis ojos se cierran. Hace mucho frío. El reloj cuenta, pero yo, no cuento contigo. Desespero.