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Cisne sin alas

<<…Y me sentí culpable
por el cisne
como si la muerte
fuese algo vergonzoso
y me alejé
como un idiota
y les dejé
mi hermoso cisne>>.

Charles Bukowski, Cisne de primavera.

Como pluma despuntada nace su cabello, en un bucle sin forma. Los ojos oscuros, su iris apenas distinguible, y pestañas largas y finas. Sonrisa amplia, labios arqueados siempre en una mueca. Su enfado llega cuando el corazón se siente explotar, su alegría no goza de un lugar en el mundo.

Con manos temblorosas se sostiene en la azotea. Las luces de las farolas iluminan sus mejillas, apagando las estrellas. La luna no late en lo alto del cielo, en esa noche sin pulso y opaca cual realidad que le echa las manos al cuello. Permaneció sin aliento. La ciudad le resulta un bucle oscuro y difuminado. Cada grieta del suelo es absolutamente distinguible.

Ella es el cisne que perece en la espesura, abandonado, sus alas blancas ya comienzan a desteñir mostrando un manto rojizo y goteante.

No logra respirar. Había luchado su vida entera, derramando lágrimas sobre el pavimento, pero después de aquello sería recordada como otra cobarde.

El cisne quiere volar, mas sus plumas fueron cortadas por ella misma. Su corazón se le sube a la garganta, los cabellos son ligeros y su cuerpo pesado como un yunque. El golpe abolla el metal de un coche, y algo se desvanece, etéreo como un sueño.

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