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Confusión incendiaria

Los espíritus murmuran. Los miro a sus ojos claros, tan borrosos, tan muertos como los de cualquiera. Parecen sombras de carne, que me hablan con voz estridente y sonrisa alargada. Dicen ser amigos míos.

Empiezan a marcharse, y me miran, me llaman. Cierro los ojos, las retinas me escuecen. Pienso en un sueño. Ojalá pudiera dormir. Abro los ojos justo cuando empezaba a derrumbarme por el cansancio. De pronto estoy sola entre corredores blancos. Veo árboles oxidados a través de las ventanas. Me balanceo sobre el pavimento, quemado por las juntas, como si algo hubiera podido incendiarlo.

Veo el rostro de él en el cristal. Mi corazón finge latir más fuerte. La mente, que me impone este amor, que obliga a las pupilas a detenerse en sus labios. La mente, que solo desea olvidar las palabras del poeta de ojos extraños. El corazón, que todavía late por verle. Debe correr veneno por mi sangre. Solo veo cortinas coagulosas y manchadas. Mis pies no se tienen quietos, me apoyo en las paredes y noto el temblor de los brazos.

Columnas de fuego se alzan por todos los costados, una tormenta de papeles en llamas se me echa a la cara. Más de una vez me he preguntado qué debería rescatar de si viera arder mi casa. Y ahora que veo a mi razón prenderse fuego mis pies están inmóviles sin saber qué parte salvar.

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2 pensamientos en “Confusión incendiaria

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