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Alex

Alex había visto tantas tormentas y días decadentes en las calles de Londres que ya no había espacio para inocencia en sus pupilas.

Su piel estaba amoratada incluso por dentro, y era de extrañar que él alzase los puños contra otros cuando él mismo ya había escarmentado los de su propio padre. Quizá era el placer de ver su alma volverse negra y vacía, como la de una bestia sin recuerdos, y saber que en la lucha él y rival se deshacían de sus nombres para convertirse en animales.

Volvía muy de noche a casa, y se encerraba en su cuarto para escuchar discos de rap y tocar el piano. El piano era lo único que su padre le había enseñado bien. El piano era lo único que daba luz a las horas y le mantenía sujeto a aquella casa. El piano había dejado detrás de sus cabellos negros una cicatriz blanca y lisa aquel día que una pelea se cobró su sentido, y cuando la sangre se derramó sobre las teclas y se secó entre los engranajes fue como si ambos hubieran hecho un pacto de hermanos y el hambre de libertad se saciase con las notas.

Muchas veces tenía miedo de dormir, pues prefería vivir sus pesadillas con los ojos abiertos.

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