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Laberinto

Incluso para la potente musculatura de Izan era difícil atravesar el laberinto. La niebla era tan espesa que cada zancada que daba era como cortar metal. Llevaba dos minutos corriendo y estaba a punto de echar los pulmones por la boca.

Cuando pensaba que el camino era recto, se estampaba contra un muro de hormigón; cuando esperaba encontrar una curva no había nada. Hacía tiempo que había dejado de preocuparse por marcar el camino o memorizarlo.

Los gritos retumbaban por las paredes como una maldición. Podía ser Lucy o cualquiera de los otros. En cualquier caso; ya no podría encontrarlos.

Sentía las pisadas de la bestia sobre su sombra; el aliento gélido en los pelos de la nuca y su olor a huesos y sangre putrefacta.

A la bestia no le costaba correr; se había criado ciega entre la niebla, conocía aquellos muros tanto como a sí misma.

Hizo acopio de fuerzas y pegó un acelerón desesperado, con tan mala suerte que dio de bruces contra una pared. Un reguero de sangre rodó por su pálido rostro. Frente a él, aunque no podía verla, ahí estaba.

La bestia echó una bocanada de fuego que corroyó la pared. Aquella era la llama del Infierno. Una llama que ni la mano de Dios habría podido apagar.

Aunque por fortuna él nunca había confiado en la ayuda de los dioses y ya se había deslizado bajo sus patas agarrando su cuchillo sin punta. Pudo sentir las brasas en el interior del cuerpo del animal y el suelo derretido bajo su vientre. Aquella era su última oportunidad.

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