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Tarde de cama

Tuve miedo de decir su nombre, que el aire lo volviera etéreo y ya no significara nada. Porque aquellas letras que guardaba recelosas en el pecho, lo eran todo.

Me dejé caer sobre el colchón sucio y desteñido, allí donde el sol yacía. Me aferré a su espalda endurecida, al calor del instinto y el olor salvaje de su piel.

Sus labios, su lengua susurrando en mi oído, despertaban sueños que nunca hubiera creído míos, que cobraban forma con increíble fuerza y rapidez.

Él trató de decir algo, con aquella voz única capaz de regodearse en cada sílaba. Entonces me consumió por completo. Le di la vuelta y mi cuerpo se pegó al suyo. Mi sangre hervía.

Sus besos se volvieron más fuertes, más rápidos, más profundos. La habitación soleada se volvió oscura. Deseé parar el tiempo, aunque eso no lo hubiera hecho mío para siempre.

Me despreocupé del nombre, del anillo, de nuestra historia; éramos dos cuerpos y una cama sin sábanas. Y después, mucho después, volveríamos a ser hombres.

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