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Peleas

Le miré a los ojos. Solo encontré algo fiero y distante, algo que no era nuestro.

-Si me quieres, para -susurré.

Pero no paró.

Vi sus ojos enrojecer, presos del instinto. Le llamé, pero había perdido su nombre. Era un perro enfurecido.

Se lanzó contra el otro, igual de bravo, igual de tosco. Me pregunté por qué la gente se arremolinaba a su alrededor, aullando y vitoreando como si hubiera algo hermoso.

Rápidamente las fauces emergieron de sus mandíbulas. La sangre corrió por el pasillo. Un olor a carne fresca me trajo arcadas.

Mis piernas temblaban. Los perros se mordían mutuamente, atacando a los intestinos y arañándose los ojos.

Al tratar de sujetarlos, se lanzaron a por mi cuello. Estaban ciegos.

La profesora de biología apareció por el pasillo, la gente se dispersó, me pusieron hielo y los perros volvieron a sus aulas.

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