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Doctor George

El doctor George tiró de la cuerda. La luz gris iluminó los rostros de mármol.

El niño tomó su primera bocanada. Todos aplaudieron mientras se mecía en un gesto agónico.

Ya no había motivos para traer a alguien a la vida: amor, pasión, excitación, asco. Nada de eso. Solo una fórmula y las manos del doctor George.

-¿Se da cuenta de que ha hecho usted historia? –dijo una voz.

Él sonrió. Alzó al niño en el aire, que comenzó a aletear de forma histérica y pesada.

-Amigos, les presento a nuestro hombre pájaro: Ícaro.

El llanto del niño se hizo más fuerte con la luz de los flashes. El doctor George no dejó de repetir su nombre, hasta llegar al punto en que pareció dejar de ser suyo.

Incluso el mayor de los escépticos, que había reiterado que el doctor solo lograría un resultado deforme e inservible, le felicitó.

El doctor agarró un biberón y se dispuso a dárselo frente a las cámaras. El líquido amarillento trepó a la garganta de Ícaro, que lo escupió de inmediato.

Probó nuevamente y su camisa acabó todavía más manchada.

-Con estos niños hay que tener paciencia –bromeó.

El plástico rozó los labios de Ícaro. De sus dedos surgieron garras escarpadas, que rajaron la cara a su figurado padre.

El doctor George no sintió nada. Cualquiera hubiera dicho que fuera él el hombre creado a partir de un bisturí y mano insensible.

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