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La espera

Ataste la cuerda, me subiste a ella. “Espérame”, susurraron tus ojos, pero tu voz no dijo nada.

El filamento se movía por mi temblor, mi peso, el aire. Había un vacío no muy lejos, pero lejos.

“Búscame”, gritaron mis labios. Una lágrima rodó hasta mi pelo.

Quién sabe dónde andabas, quizá ocupado, con amigos, con amigas, o con algo más que amigas.

Era sencillo bajar de la cuerda. Tú la habías atado, no tenías tú por qué desatarla. Pero mi corazón ansiaba tus manos. Pensé que los días no importaban.

Una sombra se movía con el viento, y pensé que era la tuya. Pero aquella sombra, era mi tiempo. Y así pasó, quemándome muy lento, mientras mis ojos buscaban los tuyos; y morí.

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