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Hombre sin sombra

Tardó días en buscarla. Ella no era importante, pero siempre había estado ahí.

Desde que notó que la había perdido, se pasó los días dándose la vuelta, mirando al suelo desesperado. Luego se sentó, esperando a que volviera. Y la espera le consumió, poniendo nombre a sus días, dándole condena.

Su sombra lo era todo. Su sombra, era él. Ella le ataba a la tierra. Ella le quería. Pero se marchó.

Llamaron a la puerta una tarde. Creyó que era ella; ya solo creía en ella.

Era una mujer. No le vio el rostro, ni le oyó la voz; no era Sombra. Iba a cerrar la puerta, cuando le agarró de la mano.

-Búscala en el espejo -dijo-. Búscame.

Se fue al espejo. Solo quería encontrarla. Y la encontró. Y no quiso encontrar nada más.

Empezó a temblar. Lloró.

Sombra estaba en sus ojos, moviéndose como un demonio. Como la mujer de la puerta, que se movía a su espalda.

-Me encontraste -susurró.

Tenía el cabello oscuro, el rostro pálido como la luna. Era ella. Era Sombra, y otras cosas. Era Muerte, también.

Lo abrazó. Su pecho estaba frío, sus ojos, no eran ojos. Y sus labios eran peces de charca cuando le besó. Le llevaron a algo negro, pútrido; algo que no podía existir.

Notó los pies desatarse de la tierra, sin tiempo, sin sombra, sin cuerpo; sin otra voz que la de ella.

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