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La voz

El viento ya empieza a soplar. Una voz conocida chilla ahí fuera. Es grave y tosca, pura palabrería; pero asusta.

Mi vida de papel ya comienza a volarse: las paredes, la mesa, mis libros, la tinta…

De nada sirve la inteligencia ahora. De nada vale alzarse cuando el aire está en marcha. Y la voz quizá se acerque. Y sus manos quizá me marquen.

Mi madre está llorando. La casa de papel se arruga por las lágrimas. La voz está próxima. Si corro, valiente, contra el viento, me encontraré con ella, que se arrastra. Y la voz y yo chocaremos. Otra vez.

No puedo respirar. El pánico me mata. El papel ha volado. Me siento caer. Me siento morir.

Mi madre no se mueve. La voz ya no habla. Quiere culparme del viento y el dolor. La voz no quiere tener culpa de nada.

Tomo el inhalador. Respiro echada contra la puerta. No quiero que entre.

Esa voz, a veces, es y no es, un hombre. Ese hombre, a veces, es y no es, un padre.

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