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Cómo no acabar

Olvidaste reír en la lluvia: tomar un recuerdo hermoso y hacerlo tuyo, de noche y de día, como un paraguas.

Pero lo malo no lo has olvidado. Por las noches cuando el cónyuge te da la espalda, cierras los párpados y no duermes.

Y ya olvidaste ese amor del primer día, queriendo envejecer con él, porque ya has envejecido. Tus ojos están dejados y el pelo se tiñe de gris, el cuerpo te quema, no le ríes, no amas sus palabras, no vives de sus ojos, no miras estrellas tomándole de las manos. Esas manos que ya acariciaste demasiado, sobre tu sofá, en una vida que no quieres.

Porque le detestas, a él y a las flores que no te trae, que te dan alergia, y a las que sí te trae, que son de plástico.

Sigues por unos niños que te cansan, el traje que te queda estrecho; por no cambiar nada.

Olvidaste lo que es un sueño y vivir con firmeza, el valor y las armas que guardabas, la verdad que era tan tuya. Porque aprendiste a ser falsa, el hablar por hablar, el abrazar a aquel pariente que no conoces y no quieres conocer.

Y olvidando te has perdido, ya no eres tú, ya no eres nadie; dime que no eres yo.

 

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